TROPICAL Y SOSTENIBLE

Llegó el invierno. Aunque aún no oficialmente, somos muchas las hermanas íberas que ya contemplamos sus mañanas escarchadas. O sentimos en nuestro rostro sus gélidos vientos; en las estepas castellanas. O sus semanas de lluvias y sus días grises en la cordillera cantábrica. O las primeras nieves en la serranía. Pero hay una tierra en nuestra península que no conoce el invierno: la Costa Tropical granadina.

A los pies de “Las Alpujarras”, bebiendo las aguas que se escurren de Sierra Nevada, con Sol y calores más propios del norte de África se encuentra un paraíso tropical que pocas esperarían ver en Europa. Unas temperaturas estables durante prácticamente todo el año, siempre sobre los cero grados y unas tierras protegidos de los vientos del norte por las montañas, permiten aquí cultivar frutales tropicales o plantas como la caña dulce. Días atrás nuestras andanzas nos llevaron a visitar esta zona y a conocer a uno de los productores ecológicos con mayor tradición y conciencia del lugar.

Rufino es el propietario de la empresa Sol y Fruta, muy conocido en el sector ecológico de nuestro país tras veinte años produciendo salud en forma de fruta, de manera natural y sostenible. Sin apenas conocernos, él y sus compañeras nos abrieron las puertas de sus corazones y de una de las fincas de fruta ecológica que cada día llenan su almacén y despensa; a fin de que pudiésemos compartir con otras hermanas permacultoras la experiencia de producción sostenible en esta zona privilegiada.

Practicantes del crudiveganismo, sus inicios fueron los de una comunidad crudívora hace 26 años. El grupo se fue dispersando y él comenzó a trabajar en ecológico por fincas de la zona como en Maro, La Herradura o Jete; para finalmente ubicarse en Salobreña, donde se sitúa la finca que visitamos hoy.

Un terreno de unos 4.000m2 que hace 15 años comenzó su reconversión hacia una agricultura regenerativa y sostenible, en el que principalmente crecen una asociación de plataneros (de la variedad Finger) y chirimoyas (de la variedad “Fino de Jete”, considerada la mejor chirimoya del mundo); con largos bancales hortícolas intercalados que producen para su autoconsumo. Algunos otros árboles, arbustos y hierbas se intercalan; tales como la papaya, la moringa, el physalis y la menta. Un joven bosque comestible en el que de manera natural comienzan ya a crecer jóvenes aguacates y mangos.

Bajo ellos, un suelo rico, plagado de lombrices y que gracias a técnicas regenerativas como el no-laboreo, el acolchado con paja y la siega selectiva de adventicias aumenta su fertilidad cosecha tras cosecha. Los montones de paja, listos para ser esparcida en cualquier momento, propician microclimas bajo los árboles y refugios para la biodiversidad. Bajo las tropicales y anchas hojas de chirimoyos y papaya se respira un ambiente húmedo y fragante, el sonido de los insectos es mayor que el de un lejano motor, un bancal rebosante de Kale se extiende bajo las grandes hojas de estos bananos, cuyo verde claro y brillante contrasta con el rugoso azulado del la col.

Las plagas no son un problema aquí. La rica tierra brinda a los cultivos todos los elementos que necesitan para conservar su salud natural. Tan solo se realiza un pequeño control de algunos insectos molestos con trampas de feromonas que penden de algunas ramas, y bandas pegajosas que dificultan a las hormigas el ascenso por los troncos, evitando así que éstas críen pulgones sobre el árbol.

La fertilización no podría ser más efectiva: aportes de compost elaborado con los destríos de la frutería y bocashi, el abono orgánico fermentado del cual podemos observar la cascarilla de arroz aún entre las filas de remolachas e hinojos. Cualquier aporte de materia orgánica es siempre bienvenido a la superficie de este suelo, ya bien sean viejas cajas de madera bien rotas y troceadas, bien los frutos maduros caídos (que en condiciones naturales no producen plagas), bien las hojas menos tiernas del Kale.

Más allá de esto, las labores se reducen a una poda suave de producción y la polinización manual de las flores de chirimoya en la época de floración. Para esto, me explicaron, se recolectan las flores macho por la mañana, se dejan secar al Sol por el día y se pulveriza el polen disuelto en agua sobre las flores hembra por la tarde.

Luego de esto lo que queda es cosechar y cosechar unos plátanos finos, de textura y sabor delicado o unas dulces y cremosísimas chirimoyas. Cajas de fruta que se reunirán en su almacén con otras tantas de mangos y de aguacates, las otras estrellas que pueblan estas laderas. A esta macedonia se unirán más extraños y exóticos frutos como la pitaya, la guayaba o la carambola; o más comunes como las nueces pecanas o los caquis. Abuancia, dias soleados y buen clima que, eso si, no quitan las horas de esfuerzo, dedicación y compromiso que se requieren para que un proyecto así perdure por más de veite años. Junto con su gran variedad de otros productos ecológicos, que Sol y Fruta (ahora Adania Fruit) distribuye, sus pedidos viajaran de aquí hacia las mesas de afortunadas y concienciadas consumidoras por toda la península.

En verdad que ha sido toda una suerte haber podido realizar esta visita, sin duda. Y una maravillosa experiencia la de recorrer esta costa que desde hacía años deseaba visitar. Agradezco el poder haber compartido mi tiempo con estas personas trabajadoras, comprometidas y valientes, que buscan un mundo mejor y que cada día lo consiguen desde la no cooperación con las grandes cadenas y mercados en la dimensión social. Y desde la nutrición crudívora y la salud holística en su propia dimensión personal: ese punto desde el que todas cambiaremos a mejor el planeta comenzando por cambiar a mejor nuestras propias vidas.

Gracias a Rufino y a Ervin por vuestro tiempo, palabras y energía. Y gracias a esta pequeña extensión tropical de nuestra tierra íbera, con sus aguas turquesas, verdes vergeles, blancos y floridos pueblos llenos de historia y cultura. Una tierra y un Sol que calientan y enamoran a quienes la visitan.

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