Tras los incendios: Bosques Comestibles

Lamentablemente las condiciones a las que hemos llevado nuestro medioambiente no nos lo ponen fácil y cada vez nos resultará más difícil reconstruir los ecosistemas naturales, pues inmersas en un planetario bucle de retroalimentación, las catástrofes nos están llevando de una a otra y de nuevo a otra mayor. El cambio climático nos está poniendo las cosas cada día más cuesta arriba. Las temperaturas y sequías extremas con las que nos estamos encontrando en los periodos estivales lamentablemente acentúan una gran catástrofe medioambiental: los incendios forestales, otro bucle de retroalimentación muy negativo para nosotras.

Ahora, unos años después, regreso a Galicia y me encuentro con las secuelas de un gran incendio que asolo la frontera entre España y Portugal, en estos recónditos montes oretanos. Lo que ha ardido no era un bosque maduro sino más bien zonas de matorral de montaña. Hace décadas esta tierra era testigo del contrabando, hace siglos era refugio de brujas y hace milenios era nación por derecho de los pueblos celtas. Los milenarios bosques de carvallos (robles) que debieron crecer aquí por entonces es algo que, ninguna de nosotras volverá a ver, al menos en esta vida.

Pero más que desesperarnos, esto debe alentarnos. El trabajo, que tan claro se nos muestra, debe servirnos para darnos ánimos. En estas imágenes os muestro el antes y el después del incendio. Aquí hay mucho que hacer, mucho árbol que plantar.

Galicia es una zona portentosa, es lo más parecido a la jungla que podemos encontrar en la península; al menos en cuanto a su clima se refiere. Es fría, pero la constante humedad hace este frio algo más llevadero (para las plantas más que para los huesos). Aunque un poco fastidiosa, tal cantidad de agua nos ofrece posibilidades agroforestales inigualables en ningún otro lugar. La clave: el suelo casi no llega a secarse en todo el periodo invernal. En cierta ocasión, recuerdo que podé unos chupones de saúco, eran unas varas largas y rectas y me parecieron provechosas para tutorear las tomateras, por ejemplo, así que las hice un manojo y las dejé recostadas en la rama de un manzano. Aquel invierno, similar al que ahora estoy viviendo, llovió casi una vez al día, casi tres o cuatro días a la semana, durante meses. Un buen día de primavera, recordé aquellos vástagos de saúco y al ir a cogerlos me resultó imposible: todos habían echado raíces y se encontraban fuertemente arraigados al suelo.

Aquel día, el principio de observación e interactuación me llevó a desarrollar una nueva forma de plantar árboles que no habría imaginado: hincar ramas.

Puedo asegurar que es un método que funciona en la Galicia húmeda. Es sencillo, no hay que hacer nada más, tan solo ir por la finca con un haz de chupones de las podas e ir pinchándolos en el suelo húmedo, aquí y allá, sin concierto alguno o llevados por nuestra intuición, siguiendo algún patrón natural o una línea clave, lo que se prefiera.

Un amable vecino de la aldea en la que me encuentro, preocupado por la falta de jóvenes, me ha dejado una de su finca para hacer leña y sembrar lo que yo quiera. ¡Lo que yo quiera! No sabe lo que me ha dicho. Así pues, cuando el tiempo escampa me escapo a la finca. A continuación, os voy a explicar cómo estoy comenzando desde sus inicios un bosque comestible. Recordemos que un bosque bien gestionado será practicamente inmune a los incendios (en la imagen puede verse el contraste entre un terreno baldío y un soto de castaños tras el incendio). Además, carvallos y castaños rebrotan tras el fuego.

En primer lugar, tumbo las siestas (retamas) y las troceo con la motosierra (no me gusta mucho usar esta máquina, pero aquí resultaría muy difícil de remplazar, la madera quemada es dura os lo aseguro, ya que también uso el hacha (tanto como me resulta posible). Una vez tumbadas las troceo a la medida de la estufa. Las últimas ramitas no me merecen el esfuerzo de partirlas, las amontono en una gran cina. Mi idea es dejar que con el tiempo se cubran por las silvas (zarzamoras) con lo que también contaremos con el recurso moras al tiempo que la humedad, la presión y el tiempo las van descomponiendo; generaremos microclimas en el espacio y refugios para la fauna.

No obstante, no me interesa que las silvas crezcan por todas partes, de modo que la gran mayoría las arranco de raíz sin contemplación. Existen variedades sin espinas, pero… ¡Un apunte que se olvidaba! Apenas si gastaré un solo euro en la implementación de este bosque comestible. Selecciono varas largas para mangos de «ferramentas».

Os habréis fijado en que todo el suelo está lleno de cuarzos blancos. Los amontono entre unas rocas, con cuidado, junto con pensamientos de gratitud hacia la tierra, así poco a poco iremos configurando un altar, sencillo pero potente. Otra de las cosas que hago es dejar en el suelo toda la leña carbonizada que ya está semienterrada. Esto es algo muy importante que no debemos olvidar:

¡Hay que meter carbón en el suelo! Es prácticamente la única forma de sacarlo de la atmósfera y, por supuesto, la más fácil para nosotras.

Aquí se ve como estas estacas de avellano, que pinché hace unas semanas, han perdido sus hojas pero mantienen verdes las yemas, que rebrotarán en primavera (si Dios quiere). Los madroños que clavé junto al muro sin duda han arraigado bien. También he plantado por el mismo método manzanos «do pais» (variedades antiguas o del terreno), higueras, limoneros bordes (para injertar luego) y viña.

Otra técnica que podemos emplear, si nos apetece gastar un poco más de tiempo y esfuerzo es cavar un agujero y echar un puñado de centeno (que hacen por aquí las ancianas) y lentejas (que suelo hacer yo). Y por supuesto, la gran bellotada (y también castañada), que este año por desgracia realizo en solitario, tanto en esta finca, como en otras, como en mis paseos por el monte.

En verdad que aquí la tierra es agradecida y se regenera bien, con las primeras lluvias otoñales las herbaceas vuelven a poblar los suelos, y nuestros amigos los hongos comienzan a cerrar los ciclos de descomposición. Por último y como no podía ser menos en Galicia, he plantado repollos y berzas; una planta que me encanta por los muchos usos que de ella pueden hacerse: alimento para humanos, gallinas, etc; sus grandes hojas pueden usarse como acolchado, es perenne y una vez sembrada resiste con poca humedad incluso en La Mancha, y con la humedad del norte las he visto llegar a crecer hasta los cuatro metros de altura.

Y como regalo de despedida os comparto estas imágenes de los castros celtas de la zona, atemporales. Espero que las bioconstructoras amantes de la piedra, como yo, disfruten de la exquisita composición y trabajo de cantería que aquellos bravos guerreros e inigualables artesanos dejaron para la posteridad sobre las cimas de los montes norteños. Un trabajo pensado, diseñado y construido para que lo heredaran sus hijas, nietas u bisnietas. Las primeras permacultoras, pues su cultura, de algún modo, aún perdura.

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