El rendimiento de un sistema es ilimitado

No existen los sistemas cerrados. Cuando una empresa o proyecto fracasa es por que no se ha tenido en cuenta alguno o varios de los elementos que intervenían en el correcto resultado que se esperaba. Como creo que ya sabemos las permacultoras, la fuerza de un sistema no radica en la fuerza de sus elementos, sino en la fuerza que sostiene las relaciones que se establecen entre ellos.

En cualquier sistema, cualquier sistema natural, los ciclos se repitan una y otra vez, en múltiples escalas. Ciclos dentro de ciclos que a su vez insuflan su energía a otros ciclos, que a su vez son procesos hermanos a otros ciclos semejantes que se dan sin cesar en esta espiral cósmica en la que nos encontramos inmersas. Con el tiempo estos ciclos acaban cerrándose, devolviendo de nuevo la energía al punto cero.

No se nos ocurra, por favor, pecar de tamaña ingenuidad como para querer controlar o tener en mente el curso de todos estos movimientos, de todas las relaciones, de todos los procesos a lo largo del tiempo y de todos los factores que en ellos habrán de intervenir. No, por favor.

Dejemos que la Diosa mueva las cuerdas de su arpa celestial y escuchemos la melodía. Quizá alguien pueda llegar a entender el funcionamiento del magno instrumento y como en cada nota reside la belleza de su tono. Muchas somos las que escuchamos con fervor la música de las esferas. Pero solo las necias pueden pretender tocar con éxito el piano de las diez mil notas y los cien mil tonos.

No obstante, la inteligencia, observación y conciencia humanas han llegado al punto de comprensión en el que nos encontramos. Y aunque la esencia que reside en la energía de los sistemas ha estado disponible a lo largo de los tiempos para todas aquellas personas que llevadas por la curiosidad y la búsqueda de conocimiento han sabido llegar hasta la fuente de la sabiduría; hoy en día tenemos los medios, la libertad y la generosidad como para compartir sin miedo estos conocimientos. De lanzarlos a la humanidad o al menos, a la humanidad que quiera escucharlos.

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Sobre la naturaleza de la energía podemos decir:

– Todo es energía: La materia que nos rodea y que nosotras mismas somos. Desde la pequeña proteína que forma la pared de cualquiera de nuestras células hasta la luz de la más lejana estrella del firmamento; desde la montaña al mar, desde el águila que vuela a la serpiente que se arrastra, desde el avión que surca el cielo hasta la mirada de un niño, todas tus emociones tanto agradables como si no; todos tus pensamientos ya sean negativos o positivos; todas las ideas, toda tu imaginación y capacidad lógica, todos tus sueños y pesadillas, incluso el recuerdo que quedará de ti tras tu muerte… Todo es energía. De distintas formas, en distintos modos, a distintos grados y en distintas dimensiones. Desde la más profunda oscuridad hasta la luz celestial.

– Toda la energía esta vibrando: Ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Nada permanece inmóvil, en el Universo todo vibra, en la vida todo cambia, dentro de ti todo oscila. El tiempo es el modo en como percibimos el movimiento del Todo. Así ha sido, es y será por siempre.

– Entropía es la energía de un sistema: Cuando limitamos la percepción del sistema a cualquiera de sus niveles, observaremos que la energía tiende constantemente al caos (o al orden, según se mire). Si transformamos la energía mediante un proceso comprobaremos que la energía inicial nunca será la misma que la energía final, ya que ésta se habrá perdido en el proceso (en forma de calor, radiación, materia oscura, quien sabe). La energía total (entropía) es la suma de todas las energías que participaron en el proceso más la energía que se perdió en él.

En Permacultura entendemos y aceptamos esta pérdida natural de energía en el proceso, la aceptamos y asumimos o encontramos modos de encauzarla hacia un sistema menor o secundario, a fin de reaprovecharla o redistribuirla en beneficio nuestro y de nuestro sistema. Si utilizamos los sistemas naturales para captar esta energía que se escapa a nuestro control nos proveerá de otros beneficios indirectos o de beneficios al sistema del que formamos parte.

En la práctica podemos observar que los diseños permaculturales por zonas, sectores o en pendientes están precisamente encaminados a reducir la pérdida de energía: por desplazamientos innecesarios (al ubicar por ejemplo los elementos usados cotidianamente cerca o dentro de la casa), por acontecimientos imprevistos que ocurran a un nivel ajeno a nuestro sistema (como una tempestad) o por la ley de la gravedad (en el agua que arrastra tierra fértil).

Para encauzar la energía en el sistema que diseñes y poder potenciar así sus procesos observa todos los factores influyentes que te sea posible, establece relaciones naturales y armónicas entre estos elementos, fundamentadas en la contemplación del entorno, la experiencia y la intuición. Nuestra tendencia será siempre la de acompañar a esta energía en lugar de revelarnos contra ella. Debemos aprender a fluir con ella, ello nos dará mayores resultados que el tratar de ponerle trabas o barreras, las cuales terminará destruyendo. Cuanto más trates de controlar algo, mayor energía estarás dedicando a que termine por descontrolarse.

Cosa que tarde o temprano ocurrirá. Sobretodo en el marco del actual sistema que hemos construido en el cual todo trata de acumular toda la energía si devolver absolutamente nada. Explotará, pues estamos acumulando un déficit de energía en una dimensión superior (en la práctica tenemos sobre-acumulación de CO2 en la atmósfera). Cuando esto ocurra, deberás de contemplar, dirigir y fluir con la energía que se mueva en tu sistema (potencialmente) perfecto: tu misma. Entonces deberás contemplar el Universo que hay dentro de ti y rendirte ante él.

Este principio me evoca a la idea religiosa del diezmo (el impuesto que había que pagar obligatoriamente a la iglesia). Peregrinando a Santiago alguien me habló en cierta ocasión del origen de este impuesto. En realidad, la idea mística que se esconde tras él nos explica que cada vez que tomamos algo de la naturaleza, o la transformamos; ésta tiende a disipar un diez por ciento de su energía en otros procesos que no somos capaces de controlar. Digamos que se queda con su parte. Este principio era bien asumido por las culturas antiguas y de ahí que constantemente se hiciesen ofrendas y sacrificios con el único sentido de devolver a la tierra esa energía, de un modo controlado. En un marco de gratitud y respeto sagrados. Es por esto que debemos de ofrendar y agradecer los bienes que la naturaleza nos brinda, de respetar sus procesos y aceptar humildemente que dentro de un sistema sin límites, no somos quienes para tratar de ponerlos.

De no hacerlo así, ella acabará por cobrarse su parte, de un modo u otro.

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